La fuerza expresiva de la poesía de Miguel Hernández

El autor al alcance de los lectores infantiles

Letrilla de una canción de guerra (Ciclo I Primaria)
En cuclillas, ordeño (Ciclo I Primaria)
Tristes guerras (Ciclo II Primaria)
El corazón es agua (Ciclo II Primaria)
Postrer sueño (Ciclo III Primaria)
Las desiertas abarcas (Ciclo III Primaria)
Pastoril (Ciclo III Primaria)

Postrer sueño

     Un claro rayo del sol que nace
     de la barraca cruza la puerta
     y pone tonos alegres de oro
     sobre la triste y oscura escena.
5   La madre escucha desconsolada
     lo que la hija pálida y yerta
     sobre la pobre cama tendida
     por una fiebre traidora presa,
     los ojos húmedos y alucinantes,
10 la voz temblona, dice con pena:
     ¡Maere quería!
     Ven; ven más serca...
     que ni una sola de las palabras
     que he de desirte quiero que pierdas.
15 Ven; así; junto a la mía tu cara
     y así mi boca junto a tu oreja...
     ascucha maere:
     cuando yo muera...
     –Aquí la madre lanza un gemido
20 en el que toda su alma va envuelta–
     No llores maere por lo que digo...
     ¡No llores prenda!
     ¿Dios no lo quiere
     así...? ¡Pos sea!
25 ascucha, ascucha:
     cuando me muera,
     antes de alsarme de la camica
     pa ir a tenderme sobre la mesa,
     saca del arca
30 la saya blanca, la toca negra,
     los sapaticos de tersiopelo,
    el pañolico de fina sea...
    ¡tuícas las galas que no me he puesto
    dinde la fiesta...!
35 Cuando las saques,
     con tuícas ellas
     me pones, maere, como una novia,
     como una perla,
     como pensaba yo de ponerme
40 cuando él golviera...,
     pero me muero
     y él tal vez nunca más aquí güelva...
     –Exhala un hondo suspiro y sigue
     de nuevo, lenta:
45 Y luego, maere,
     que esté una rosa temprana hecha,
     déjame ensima de la mesica;
     sal a la güerta;
     coje jasmines y malvarrosas,
50 de las que brotan junto a la sequia;
     de los naranjos coje asahares,
     que están sus ramas con abril llenas;
     forma con ellos una corona
    y a mis cabellos señía la dejas...
55 Cuando eso hagas
     mis ojos sierra
     pa que me quede como dormía
     por si él tornara aún de la guerra;
     ¡que no sospeche que yo me he muerto
60 de esperar verle crusar la senda...!
     Maere, adiós maere... Que ni una sola
     de mis palabras... Ven, ven más serca...
     –Pierden los ojos su brillo intenso;
     baja hasta el pecho la frente tersa;
65 entreabre un tanto la exangüe boca
     e inmóvil queda.
     La madre, loca,
     se abraza a ella
     y con sus besos y con sus lágrimas
70 la cubre y riega...
     Ahogando luego los mil sollozos
     que en su alma pugnan por salir fuera
     álzase y marcha
     a hacer lo dicho por la hija muerta...
75 Extrae del fondo de la vieja arca
     la ricas prendas
     y una tras una del cuerpo frío
     todas las cuelga:
     la saya blanca,
80 la toca negra,
     los zapaticos de terciopelo,
     el pañolico de fina seda...
    ¡Todas las galas que no se puso
     la infeliz moza desde la fiesta!
85 y una corona sobre su frente
    de malvarrosas y azahares hecha...
    ¡Qué hermosa se halla la huertanica!
    ¡Qué maja y bella...!
    ¡Si no parece que está sin vida!
90 ¡Si está lo mismo que si durmiera...!
     Un arrogante y apuesto mozo
     llega sonriente desde la puerta:
     la pobre madre levanta el rostro
    donde hay de llanto recientes huellas
95 y al ver al mozo sus ojos abre
     desmesurados, su cuerpo tiembla
     y al grito roto que lanza el mozo
    que ha comprendido la triste escena,
    dice ocultando su dolor negro
100 con voz muy queda:
    ¡Chist! ¡Calla! ¡Calla! ¡Que no despierte!
    ¡Que no despierte...! ¡Contigo sueña!


Poemas sueltos I. Poesías completas.
Madrid: Aguilar, 1979, pp. 53-56.

Este poema, aparecido en El Pueblo de Orihuela el 29 de julio de 1930, es sin duda una de las composiciones más hermosas y conmovedoras de Miguel Hernández porque aúna en su centenar de versos todo el lirismo de su poesía rural aderezado con los sentimientos más intensos que puede acoger el ser humano: el amor, la angustia por la ausencia del amado y la tristeza por la muerte de nuestros seres más queridos: los hijos.

Nos ofrece un auténtico relato dramático expuesto en verso en el que no falta ninguno de sus elementos narrativos: comienza con una breve descripción (v.1-4) del escenario en el que se desarrollarán los acontecimientos, una humilde barraca huertana.

Inmediatamente (v.5-10) se nos presenta a los dos personajes centrales y sus circunstancias: una madre deshecha asiste contraída y muda a la agonía de su hija; ésta es una impresionante criatura que, consciente de la llegada de su último trance, conserva toda la belleza de su corazón amante y va describiendo a su progenitora el modo en que ha de proceder para presentarla ante la muerte del modo más digno y hermoso.

A partir del verso 11 Miguel Hernández nos regala una de las páginas más emotivas y patéticas de nuestra lírica: la muchacha suplica a su madre que acerque su oreja a sus labios para que no pierda detalle de los preparativos que habrá de hacer cuando ella muera:

Ven; ven más serca...
que ni una sola de las palabras
Que he de desirte quiero que pierdas.
Ven; así; junto a la mía tu cara
y así mi boca junto a tu oreja...
ascucha maere:
cuando yo muera...

Y no sólo muestra una entereza impresionante ante el destino que la aguarda sino que en medio de su dolor logra extraer una palabras de ánimo para consolar a su madre:

No llores maere por lo que digo...
¡No llores prenda!
¿Dios no lo quiere
así...? ¡Pos sea!

Con una inmensa dulzura (subrayada por los diminutivos: camica, sapaticos, pañolico, tuícas, mesica) va explicando detalladamente los pasos que habrá de dar su madre para dejarla "como una novia, / como una perla, / como pensaba yo de ponerme / cuando él golviera...": habrá de sacar de la vieja arca sus mejores prendas –¡tuícas las galas que no me he puesto / dinde la fiesta...!– para engalanarla "como una rosa temprana". Y después saldrá al jardín para preparar una corona:

coje jasmines y malvarrosas,
50de las que brotan junto a la sequia;
de los naranjos coje asahares,
que están sus ramas con abril llenas

Una vez terminados todos estos rituales ornamentales la madre habrá de cerrar cálidamente los ojos de su amada hija –pa que me quede como dormía– por si su amado regresara de la guerra ¡que no sospeche que yo me he muerto / de esperar verle crusar la senda... Y, por fin, la joven fallece: pierden los ojos su brillo intenso; / baja hasta el pecho la frente tersa; / entreabre un tanto la exangüe boca / e inmóvil queda.

Aquí comienza la segunda parte del poema (v.67-91), en la que Hernández describe con lenta cadencia los movimientos casi autómatas de la desconsolada madre siguiendo los últimos deseos de la chiquilla:

Ahogando luego los mil sollozos
que en su alma pugnan por salir fuera
álzase y marcha
a hacer lo dicho por la hija muerta...

Y el resultado es tan conmovedor que la mujer/el poeta no puede evitar exclamar con contenida emoción:

¡Qué hermosa se halla la huertanica!
¡Qué maja y bella...!
¡Si no parece que está sin vida!
Si está lo mismo que si durmiera...!

A partir de aquí se sucede el esperado pero tardío regreso del amado que trasmuta su alegría inicial por la más desgarradora congoja –y al grito roto que lanza el mozo / que ha comprendido la triste escena– y la reacción entre infantil y escapista de la madre:

¡Chist! ¡Calla! ¡Calla! ¡Que no despierte!
¡Que no despierte...! ¡Contigo sueña!