Una utópica realidad

La obra de Aleksandr Deineka

arroja nueva luz sobre la importancia del arte en la construcción social soviética

Formado en la vanguardia histórica, Aleksandr Deineka desarrolló su fértil creatividad dentro del férreo control ideológico que sobre el arte tuvo la nueva Unión Soviética. La Fundación Juan March presenta en España una retrospectiva de la obra de un pintor apasionadamente comprometido con el arte, la política y la vida.

JULIA FERNÁNDEZ
Unas líneas sobre Deineka, escritas para la presentación a la muestra, sirven de forma clara y sintética para centrar el mundo físico e imaginario que la exposición Aleksandr Deineka (1899-1969). Una vanguardia para el proletariado  despliega ante el visitante: “Tenía dieciocho años en 1917, cuando el zar Nicolás II perdió el poder y la revolución bolchevique triunfó en Rusia. Fue contemporáneo de Lenin y sobre todo de Stalin y murió en Moscú en 1969 a los setenta años, en el apogeo de la era de Jruschióv y como respetado presidente de la Academia de Bellas Artes de Moscú”.
El personaje Aleksandr Deineka que se da a conocer era, por tanto, un auténtico homo sovieticus, un artista de una generación casi completamente educada ya y desde luego profesionalmente activa sólo durante el régimen soviético, cuya  vida y obra fueron determinadas por el régimen político instaurado tras la caída zar.
Concebida como continuación del trabajo que la Fundación Juan March lleva realizando sobre el arte ruso y post soviético del siglo XX, la exposición permite el acceso por vez primera en España a uno de los grandes del arte en la época de Stalin, la figura más relevante y ambigua del Realismo socialista, cuya vida y  obra contienen, como en una novela, la trama de la historia soviética.

Entusiasmo colectivo

“En su obra está ese clima de los años 20 y 30 de la URSS que puede ser calificado como una especie de romanticismo radicalmente sonriente y optimista, de entusiasmo colectivo por la construcción y lo nuevo, enteramente coloreado por la planificación, la acción del trabajo y la producción”, afirma el comisario de esta muestra, Manuel Fontán del Junco. “Más allá de sus motivos pictóricos”, dice, “si la obra de Deineka puede ser considerada como Realismo socialista es, sobre todo, porque participa activamente del peculiar pathos de la Rusia de Stalin”.
Desde sus inicios en los años veinte hasta sus crepusculares obras de los 50, en los que el halo del futuro de sus composiciones primeras adquiere un duro gris en el que la utopía pareció haberse solidificado, están reflejados en esta extraordinaria retrospectiva de más de 250 obras, que configuran no sólo una completa visión de su obra, sino también una historia de lo sucedido entre los orígenes de la vanguardia alrededor de 1913 y la muerte de Stalin en 1953.
Lienzos de gran formato, dibujos, bocetos, revistas, libros, fotografías y material documental diverso, provenientes en su mayoría de la Galería Estatal Tretyakov y el Museo Estatal Ruso de San Petesburgo, así como de algunos museos provinciales de Rusia y de una serie de colecciones públicas y privadas de España, Europa y Estados Unidos.

Redescubrimiento

A través de estas obras se toma conciencia de que si bien el conocimiento que se ha llegado a tener de la sociedad estaliniana, con su profusa historiografía, ha llegado a ser alto, la ignorancia que sobre el arte de este periodo se tiene fuera de sus fronteras es sorprendente, al ser generalmente reducido al ejercicio academicista y monumental, al servicio, en la mayoría de casos, de un poder político totalitario.
Esta muestra sobre Deineka, que se exhibe hasta el 15 de enero en Madrid, testifica, sin embargo, la búsqueda honesta de un pintor que se propuso dar color y forma a lo que debiera haber sido el futuro de una sociedad nueva soviética. Entre sus obras prácticamente no existe referencia al poder político, no hay retratos de dignatarios ni de sus allegados, y sí imágenes de la esperanza del futuro que se podía construir.
“Su obra es, sencillamente asombrosa”, resume la especialista Christina Kiaer. “En 1934, el mismísimo Henri Matisse calificó a Deineka como el artista de más talento y más avanzado de entre todos los jóvenes artistas soviéticos. Ahora que el arte contemporáneo, al incluir diferentes estilos figurativos, ha desafiado por completo las ortodoxias modernistas, ahora que los estudios revisionistas de la historia cultural de la Rusia soviética están desafiando el modelo totalitario –según el cual el realismo socialista siempre ha de considerarse represivo, coercitivo y falso- ha llegado el momento de contemplar, verdaderamente, a Deineka”.

Masas entusiastas

Con una primera sección dedicada a los años 1913-1934, titulada De la Victoria sobre el Sol a la electrificación de todo el país, donde se presentan una serie de obras monumentales sobre la industrialización y modernización técnica del país y se da noticia de sus trabajos como grafista en los años 20, el relato expositivo pasa a mostrar los diseños de mosaicos para los techos de dos estaciones del metro de Moscú que Daineka realizó en 1935, para finalizar con una sección dedicada al periodo entre 1936 y 1953, titulada Del sueño a la realidad, donde se explora la dialéctica entre las pretensiones de la utopía y la realidad del sistema soviético bajo Stalin, y su impacto en la obra final de Deineka.      
Siguiendo un orden cronológico, desde la primera –la ópera futurista Victoria sobre el Sol, de 1913-, hasta la última, de 1953, el año de la muerte de Stalin, y combinando muestras de su trabajo como grafista, sus extraordinarios carteles y su colaboración en revistas, con las obras de formato monumental, el recorrido enseña escenas de masas entusiastas y de fábricas, de deportistas y agricultores, de la idílica y ensoñada vida soviética que se revelan –además de cómo magníficas aventuras pictóricas de gran belleza formal- como formidables metáforas de la utopía soviética de la total transformación revolucionaria de la realidad social y material por la dialéctica del capital y del trabajo.

Severa originalidad

“En los talleres artísticos de Moscú hace mucho frío”, escribía en 1920 Deineka, en Sobre la modernidad en el arte. “Se creen a pies juntillas las maravillas de los singulares “ismos”, las vanguardias artísticas occidentales. En las clases, vierten arena y limaduras sobre los pinceles de pintura, colorean círculos y cuadrados, alabean todo tipo de volúmenes de hierro herrumbroso, que nada expresan, ni tienen aplicación alguna. (…) Pero los artistas también dibujaban carteles, realizaban escenografías para los espectáculos y fiestas populares, ilustraban nuevos libros con un contenido distinto. El arte encontró una lengua común con la revolución. Una lengua que creaba una sensación de contemporaneidad, de una severa originalidad. Los tiempos y las formas artísticas se fundían en un todo. El pueblo anhelaba una nueva vida. He aquí la razón por la que en los períodos más duros de mi vida siempre he tratado de soñar cómo pintar mejor unos cuadros llenos de sol. ¡El sol brillaba tanto por su ausencia en aquellos años!”. Es el tenso diálogo vanguardia-realismo socialista, sueño utópico y vida cotidiana, al que este pintor consiguió dar una singular imagen formal.