Recordando a Rafael Altamira

Instituciones y estudiosos reivindican la memoria del gran
jurista e historiador
en el aniversario de su muerte

Jurista de prestigio, académico de la Real Academia de la Historia, docente, ensayista y escritor, pero también defensor internacional de la Paz y la Justicia, viajero en pro de la cultura y generador del renovado vínculo entre España y América: Rafael Altamira está considerado uno de los intelectuales españoles más completos de su tiempo. En el sesenta aniversario de su muerte, España quiere recuperar su memoria.
JULIA FERNÁNDEZ
“La figura y la obra de este insigne sabio que tanto aportó a la cultura de su patria y a la paz mundial debe ser definitivamente recuperada. Cuando se cum-

plen sesenta años de su muerte en el exilio mexicano, ha llegado el momento de disipar para siempre la niebla del olvido impuesto por 35 años de ignorancia en su propio país. Pocos intelectuales han alcanzado su categoría intelectual y su proyección internacional”. Estas palabras, escritas para la  presentación del Año Internacional Rafael Altamira (http://www.rafaelaltamira.es), sintetizan con rigor la situación de exclusión y la necesidad de recuperación del historiador y jurista Rafael Altamira y Crevea (Alicante 1866-México 1951) en el balance cultural e intelectual de nuestra historia.
Reavivar su memoria y mostrar a las futuras generaciones el alcance y la vigencia de su obra es pues el objetivo que a través de exposiciones, la reedición de sus principales obras, la celebración de diversos congresos (uno de ellos internacional, en Madrid), conferencias y distintos actos académicos, pretende cumplir esta plataforma que tiene el apoyo de los ministerios de Cultura y de Educación, la Dirección General del Libro, la Universidad Complutense de Madrid, y otras importantes entidades colaboradoras.

Trabajador de la paz

Una formación claramente institucionista, que abarca los campos de la Historia, el Derecho, la Pedagogía, la Literatura y la Política, está en la base de este abogado, historiador, secretario del Instituto Pedagógico de Madrid y profesor auxiliar de filosofía del derecho, que fue director del periódico republicano La Justicia y de la revista Crítica de Historia y Literatura Españolas, Portuguesas e Hispanoamericanas.
Catedrático por oposición de Historia del Derecho en la Universidad de Oviedo, en 1897, y catedrático en la Universidad de Madrid de Instituciones Civiles y Políticas, antes de llegar a ser profesor del Instituto Diplomático Consular y presidente del Instituto Iberoamericano de Derecho Comparado, Rafael Altamira tendrá en la lucha por la paz un singular destino al ser encargado por la Sociedad de las Naciones de elaborar un proyecto de Tribunal Permanente de Justicia Internacional. Durante varias temporadas estará formando parte de los nueve jueces del Tribunal creado en La Haya, hasta la ocupación de la ciudad por los alemanes en 1940.
“La Universidad debe trabajar por la paz, debe como representante de las más altas cualidades del espíritu, a la vez que afirmar el sentido racional de la lucha por el derecho, tratar de suprimir de las relaciones internacionales el sello de la barbarie y de la rapacidad que aún tiene hoy”, dejó escrito quien tenía como proyecto último conseguir la convivencia de los pueblos a través del fomento del entendimiento, la curiosidad y la profundización en un tipo de sociedad abierta, participativa y solidaria.

Transterrado

Después de cinco años aislado en Bayona, a finales de 1945 Rafael Altamira se exiliará en México, donde iniciará, casi octogenario, la última etapa intelectual y existencial de su fructífera vida: dio cursos en el Colegio de México y en la Universidad Nacional y continúa su labor de investigación y divulgación, publicando obras tan significadas como Manual de investigación de la historia del derecho indiano (1948), Diccionario castellano de palabras jurídicas y técnicas tomadas de la legislación indiana (1951) o Ensayo sobre Felipe II, hombre de Estado (1950). Entre ellas también estaría “Lo que yo debo a México”, el texto, hoy perdido, que leyó en el homenaje que la Universidad Autónoma de México rindió al historiador al poco de su llegada.
Son obras que se venían a sumar al extraordinario aporte intelectual que Altamira llevaba acumulado y que entre todos sus libros, ensayos, reseñas, artículos, biografías y bibliografía arrojan la cifra de 400 títulos. Ya en 1929 había dado comienzo a la preparación de sus Obras completas en las que pretendía incluir su Historia de la civilización española, el Epítome de historia de España, Cuestiones modernas de historia, De historia y arte, Cuestiones obreras, Giner educador, Ideario político, etc…, aunque la guerra y el exilio le impedirían realizar el proyecto.
México, por su parte, reconoció su valía con el primer premio de Historia de América, otorgado por el Instituto Panamericano de Geografía e Historia y respaldando su candidatura para el Premio Nobel de la Paz, en 1947.

Primer americanista

Juan A. Ortega y Medina, investigador que también vivió el transtierro en México, caracteriza a Altamira en el volumen El exilio español en México, 1939-1982 (Salvat-Fondo de Cultura Económico) como “un historiador incansable y fecundo, entusiasta en extremo, acucioso, objetivo y, como profesional formado en la escuela cientificista francesa e italiana, creyente con toda sinceridad de que era posible escribir la Historia con absoluta ecuanimidad, objetiva, desapasionada e imparcialmente”.
Su intención de investigar y valorar racionalmente, sin prejuicios, los hechos históricos será lo que le haga ser uno de los primeros españoles de gran talla intelectual que renovó el contacto con la América hispana, por encima de los malentendidos profundos que existían entre las dos comunidades tras la independencia de las repúblicas: “Altamira”, continúa Ortega y Medina, “desde el punto y hora en que comenzó su carrera de historiador se preocupó fundamentalmente en acercar y dar a conocer Hispanoamérica a los españoles y España a los hispanoamericanos. Objetivo fundamental de su cátedra en la Universidad Central fue la formación de alumnos españoles e hispanoamericanos para saldar la dolorosa ruptura intelectual que desde la Independencia de Hispanoamérica había dividido lo que él llamaba la civilización hispánica.”